LOS MISTERIOS DE ORIENTE A TRAVÉS DE SUS DANZAS

 

En los antiguos templos egipcios, se reservaba a muy pocas mujeres la suerte de bailar delante de los dioses para implorar sus favores, agradecer sus beneficios y ofrecer dones. Los sultanes podían conceder tales privilegios a las que destacaran por su sensualidad y belleza. El harén sería un paso inevitable para muchas mujeres que posteriormente conseguirían regalos y favores inimaginables.

Personajes del harén

Las mujeres que vivían en el harén estaban sometidas a un sistema jerárquico que se aplicaba de manera estricta:

La reina madre era la madre del Sultán, soberana del harén después de él. Cuando el Sultán era niño, ella se aseguraba de la regencia del imperio hasta su mayoría de edad.

La bas haseki era la mujer preferida del Sultán y era siempre la que le daba el primer hijo varón heredero del trono.

Las ikbal eran las mujeres oficiales del Sultán, cuyos hijos eran considerados como príncipes y princesas. Ellas eran como mínimo cuatro y como máximo siete.

La gedikli kadin era la esclava privada al servicio del Sultán, una de sus funciones era el baño de este.

Las odaliscas eran mujeres jóvenes que ocupaban la cama del Sultán y podían tener hijos.

Las gözde eran jóvenes esclavas del harén que, habiendo llamado la atención del Sultán, compartían su cama.

Las cariye eran sirvientas del harén que, de ser lo suficientemente inteligentes e intrigantes, tenían posibilidad de ascender a gözde.

Los  eunucos negros eran niños traídos de Sudán o Abisinia que eran castrados con métodos particulares para hacerlos después guardianes del harén. A través de ellos se hacían las comunicaciones con el mundo exterior. A su cabeza estaba el kizlaragasi, quien se ocupaba de la seguridad del harén, la selección de esclavas y sus promociones.

Las esclavas que entraban en el harén debían ser muy bellas y no tener defectos. Eran presentadas a la favorita por el kizlaragasi y de ser aceptadas, eran confiadas a las cariye experimentadas, que se encargaban de su educación. Ninguna de ellas podía compartir la cama del Sultán a su llegada al harén, habían de ganárselo. Aprendían las prohibiciones del harén y estudiaban música, literatura, danza y canto. Convertidas así en awalim para llamar la atención del Sultán e incluso hacerse amar. De ser así, podía incluso llegar a ser la esposa del emperador más poderoso del mundo. Se vestían y se paseaban  para destacar ante el Sultán, si alguna de ellas captaba su mirada, ponían en evidencia su encanto y coquetería sin corresponder. El Sultán no mostraba jamás su deseo frente a la elegida, se contentaba con hacérselo saber mediante una mirada o un gesto para luego pedir al kizlaragasi que la preparase.

La esclava elegida era llevada al hammam (baño turco). Se le quitaba todo pelo superfluo, se le perfumaba y se le vestía con bellos atuendos. Después era llevada a la habitación imperial acompañada de música y cantos.

Al entrar en la habitación, se aproximaba suavemente hasta el borde de la cama del Sultán, entrando por el lado donde estaban sus pies. Si quedaba embarazada y le daba un hijo, podía llegar a ser una de sus mujeres o, gracias a  su sensualidad y habilidad, llegar a ser su favorita.

De todo esto habla la película de Ferzan Ozpetek ‘El último harén’, donde se retratan los personajes que vivieron el hecho histórico del fin del Imperio Otomano y de la llegada de la república en Turquía.